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Nutrimentos y el Sistema Inmune



Por Sophia Casab

Desgraciadamente la reciente pandemia por COVID-19 que vivimos obligó a la población mundial a encerrarse en cuarentena. Probablemente los primeros días nuestra mente divagó con ideas pesimistas debido a las noticias o a las redes sociales, con cifras del aumento de casos o número de muertes que, lejos de animar, deprimían más.


La incertidumbre de si estábamos contagiados o no, aunada al distanciamiento de nuestros seres queridos, nos llevó a reflexionar sobre los grandes privilegios que gozábamos antes del confinamiento. En un afán de supervivencia, buscamos los remedios que nos hubieran ayudado a evitar la enfermedad o, tal vez, curarla, sin antes reflexionar o leer bien lo que nos ofrecían.



Esto es un comportamiento normal en momentos de desesperación; sin embargo, es fácil caer en falsas promesas debido a nuestro estado de vulnerabilidad.



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Un suceso que me llamó la atención fue la compra desmedida de un medicamento para la artritis reumatoide y el lupus, al cual algunos le confirieron el poder de curar el COVID-19. La noticia de la aprobación por la Food and Drug Administration (FDA) fue dada por el presidente de los Estados Unidos, pero de manera vaga, sin explicación científica o detalles de su uso. El resultado fue la compra de pánico con la consiguiente escasez.


Este ejemplo lo doy porque me preguntaron si existe un nutrimento o alimento que aumente las defensas y el sistema inmune, o que “mate” a los virus, como el que provoca el COVID-19. Me encontré con gran cantidad de publicidad en las redes sociales, como la Vitamina C y sus propiedades antioxidantes. De manera similar se vendían preparados para reforzar el sistema inmune, pero al preguntar la evidencia científica o ingredientes me respondían que son “fórmulas especiales”. Casi son un “secreto de estado”. Lo mismo aplicaba para mezclas de hierbas y remedios caseros sin fundamento científico o posibles interacciones fármaco-nutrimento.


Si le pidiera al amable lector que me dijera cuál es, o de qué consta el sistema inmune, ¿qué me respondería?


El cuerpo es tan maravilloso que tiene varias formas de defendernos. Entre otras, se encuentra la piel, la cual protege nuestros órganos internos. En la nariz se encuentran los vellos y mucosidades, siendo el primer filtro del sistema respiratorio al atrapar impurezas y microorganismos dañinos, a la vez que calienta el aire que respiramos. Las amígdalas se encuentran en la garganta. Estas, junto con el bazo (debajo de la última costilla izquierda), forman parte del sistema linfático que recorre todo el cuerpo, con sitios clave como el cuello, axilas e ingle, en forma de ganglios. Dentro de ellos circulan los glóbulos blancos procedentes de la médula ósea que “atacan” cuerpos extraños eliminándolos del cuerpo.


En los niños se encuentra el timo; este se encarga de madurar a los Linfocitos T.



Como pueden ver, por eso se llama “Sistema Inmune”, pues varios órganos y sistemas se encuentran involucrados. Muchos factores intervienen para su funcionamiento, incluyendo la edad, el frío o calor extremo, los hábitos de higiene, el estrés, algunos medicamentos, tipo de alimentación a temprana edad, la menopausia, la exposición a gérmenes (con la consecuente memoria del patógeno), el estado de nutrición, el mayor consumo de comida industrializada que de comida fresca, el cigarro, alcohol, el no dormir bien, la microbiota intestinal, la contaminación, la obesidad y sus comorbilidades, entre muchos más.



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Es importante hacer hincapié que el consumir un alimento de cada grupo (frutas y verduras, productos de origen animal y cereales) en cada comida, además de leguminosas, lácteos, oleaginosas y grasas vegetales como el aceite de oliva, provee al organismo vitaminas, minerales, oligoelementos, macro y micro nutrimentos, además de agua y fibra soluble e insoluble para los procesos metabólicos.


De entre las vitaminas que han probado su efecto protector se encuentran la A, D, E, C, B6, B12 y Folatos. Las primeras tres son liposolubles y, por lo tanto, se almacenan en los lípidos y el hígado. Hay que tener cuidado con las dosis, ya que pueden producir toxicidad si se consumen en exceso.


Las cuatro últimas son hidrosolubles y, hasta ahora, no se ha determinado toxicidad; sin embargo, no se debe abusar de su consumo. Un ejemplo es la sobredosis de Vitamina C. Se pueden producir efectos adversos, como diarrea, náusea, la posible disminución del efecto de ciertos medicamentos o afectar a personas con cálculos renales.


Los oligoelementos protectores son el Zinc, Hierro, Cobre y Selenio. Las dosis son menores que las vitaminas e igual de importantes, ya que fungen como antioxidantes, bactericidas y protegen a la mucosa y piel, entre otras propiedades.


¿En qué casos se debe suplementar?


En comunidades o sitios de trabajo en donde no se disponen de todos los grupos de alimentos, en pacientes inmunocomprometidos, enfermedades crónicas, durante el embarazo, exceso de contaminación, falta de luz solar, algunos tipos de cáncer, falta de apetito crónico, ancianos, trastornos de la alimentación, diarreas o vómitos crónicos o agudos, desnutrición hospitalaria, entre otras.


Es importante asesorarse, ya que al tomar distintas marcas y formulaciones podría doblar o hasta triplicar la dosis de alguno y, como consecuencia, provocar toxicidad.


Les exhorto a racionalizar lo que leen, no caer en la desesperación y a comer lo más fresco posible. Laven y desinfecten frutas y verduras. Cocinen totalmente las carnes. Planeen sus comidas. Cocinar es un arte relajante. Combinen colores y texturas, enseñen a sus hijos, fomenten así la convivencia familiar.


Ante todo, traten de mantenerse serenos, mediten, hagan ejercicio.

El optimismo es benéfico para nuestro sistema inmune.



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Bibliografía:

1) Silvia Maggini, Adeline Pierre, Philip C. Calder. Inmune Function and Micronutrient Requirement Change over the Life Course. Nutrients 2018, 10(10), 1531; https://doi.org/10.3390/nu10101531.

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